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Cultura y corrupción

CULTURA Y CORRUPCIÓN

Nélida Céspedes. Presidenta honoraria de CEAAL

En el marco de la Conferencia Nacional de Desarrollo del Perú, realizada del 21 al 24 de agosto, comparto algunas ideas sobre cultura y corrupción. La realizo desde mi particular ubicación como educadora popular, que forma parte de un movimiento de educadores y educadoras populares, el CEAAL, que asume que la educación popular es un proceso político, ético, cultural, que apuesta por procesos de transformación personal y social, que coloca por delante la justicia social, la democracia participativa, una economía al servicio de todos, y un mundo en armonía entre las personas y la naturaleza. Es decir, el mundo que todos y todas nos merecemos.

Así también, nos afirmamos en la Pedagogía de la Esperanza que plantea Paulo Freire, que apuesta por una educación- no hablo de la escuela, sino del conjunto de espacios y relaciones sociales en que vivimos, que educan o deseducan-  y que es de carácter político, ético, cultural, desde una intencionalidad trasformadora.

Vemos con gran preocupación el momento actual que viven nuestras sociedades, que se asientan en la lógica del poder, de la acumulación, de la concentración de la riqueza. Desde esta lógica, millones de habitantes en nuestros países sufren la vulneración de sus derechos, que acrecienta la desigualdad, y que profundiza el empobrecimiento, así como, el despojo de los territorios, y los recursos naturales, agudizándose la violencia, y una lógica basada en la corrupción.

Si hubiese que formular una definición simple, diríamos que, la “Corrupción es el abuso del poder por un funcionario público para obtener ganancias privadas”[1] . La fórmula, sin embargo, es incompleta. La corrupción es siempre un asunto entre dos: donde hay un corrupto hay un corruptor.

Para construir una visión más amplia del fenómeno debemos analizar, algunas visiones unilaterales. En primer lugar, una visión “moralista” que reduce el fenómeno a eventos individuales que resultan de decisiones moralmente incorrectas. Sin duda en la corrupción hay un componente moral que permite establecer la responsabilidad moral y jurídica de los involucrados. Pero el fenómeno trasciende a los individuos, como veremos luego. Una visión moralista de la corrupción la reduce a un asunto de valores individuales, por un lado, y de penas individuales, por otro. En segundo lugar, hay que descartar una visión “culturalista” de la corrupción que hace de esta un rasgo cultural (y por tanto casi esencial) de algunas sociedades. Este argumento, que con frecuencia se aplica a las sociedades latinoamericanas, no solo es equivocado, sino que también tiene consecuencias políticas paralizantes: hasta que no llegue un gran evento regenerador (un Pachacuti o una Revolución) estamos condenados a convivir con la corrupción. Buenos contra ejemplos del argumento anterior son los casos de corrupción que tienen lugar en sociedades “culturalmente correctas”: las cuentas de dineros mal habidos en bancos suizos (“hackeadas” por Hervé Falciani en 2007), los malos manejos financieros del Deutsche Bank, los fraudes ambientales de Volkswagen, etc.

Ubicar la corrupción en el espacio de las costumbres, es abdicar de combatirla institucionalmente, es disculpar los abusos con excusas antropológicas, pensando que la corrupción existe porque “así somos”, que hacer trampa está en nuestra naturaleza histórica; aunque la historia nacional e internacional está llena de corrupciones, que han obedecido principalmente al enriquecimiento ilícito a partir de los bienes públicos, de un sistema que ha operado en base a  Estados débiles, faltos de transparencia. Lo cierto es que también influyen en el imaginario de la población, a que esta se vea como normal, y que en muchos casos se resume en, “que robe alguito y que haga algo”.

De esto tenemos varios ejemplos, y sólo daré dos: Recordemos que, en el 2014, a propósito de las elecciones Municipales en Lima Metropolitana, Datum realizó la siguiente pregunta en una encuesta: De llegar a ser alcalde de Lima, ¿quién cree que robará, pero hará más obras?  El 49% escogió a Castañeda como el que más robaría, siguiéndolo otros candidatos, el mismo que fuera elegido como alcalde, siendo un dato del imaginario de la corrupción.

Así también, la última Encuesta Nacional sobre Percepciones de la Corrupción de Ipsos Perú, realizada por encargo de Proética, revela que un 78% de la población tolera la corrupción, frente a solo el 21% que la rechaza. Incluso, el 7% admite una “tolerancia alta”.

nelida¿Por qué esa permeabilidad frente a la corrupción? Más bien esa permeabilidad obedecería al desencanto y descrédito que tienen los actores sociales por la política como instrumento de trasformación, de justicia, de vigencia de los derechos humanos para todos, y todas. El abuso del poder político genera el rompimiento de un pacto social justo y ético con la ciudadanía, provocando una desafección por la política, y que agudiza lo siguiente:

  • Saberse parte de una república muy desarticulada, desintegrada, inspirando poquísima confianza en la mayoría de los habitantes de nuestro país.
  • Cunde el pesimismo porque no se cree que van a funcionar las instituciones, y se opta por el mal menor o lo más fácil.
  • Se produce desilusión en la representación.
  • Se profundiza la violencia; porque al no funcionar las instituciones que velen por los derechos de todos, se toma la justicia por manos propias.
  • Se asume como muy difícil construir el bien común.
  • La injusticia, la impunidad, el trato desigual ante la corrupción, acrecienta la desconfianza.
  • Descrédito a los espacios organizativos.

Todos estos aspectos van afectando nuestra cultura. Señala el Dr. Bruce[2], que son los principios y valores los cuales en la actualidad están siendo molecularmente atacados y puestos en entredicho, minando la cohesión social; y la importancia que debe asumir todo ciudadano para combatirla; así como una acción política organizada que muestre indignación y propuestas para las modificaciones institucionales pertinentes.

Más es importante identificar claramente la relación entre corrupción y poder, porque como señalamos en líneas anteriores, la corrupción es un tipo de relación de poder que permite intercambiar ganancias privadas (para ambos, corruptor y corrupto) violando los arreglos institucionales vigentes. Más aún, la corrupción es un fenómeno cuya ocurrencia reiterada reconfigura los arreglos institucionales. Por eso decimos que la corrupción se “institucionaliza”.

Lo anterior no niega la existencia de actos individuales corruptos en relación con los cuales hay responsabilidades específicas. Y estas responsabilidades pueden y deben ser juzgadas al nivel que corresponda. Sin embargo, entender la corrupción como una forma de entender y ejercer relaciones de poder permite poner el centro de atención en los factores estructurales que deben ser modificados si efectivamente se quiere erradicar la corrupción.

En ese sentido, es necesario ampliar las acciones de prevención y de represión a la corrupción. Los delincuentes no pueden sentir que son impunes, y junto a ello debemos desarrollar una cultura ética en la sociedad hacia la intolerancia a la corrupción. Es necesario poner fin a la impunidad, tratando al corrupto como a un delincuente común que se ha apropiado de bienes públicos.

También es preciso desmontar afectiva y racionalmente, la idea de la “viveza criolla” como un valor social, porque la deshonestidad presentada como habilidad, no puede adquirir el rostro de virtud.

 

Junto al combate a la corrupción en el sistema político, fiscal, financiero, para enfrentar todo tipo de desigualdades, es importante pensar procesos educativos transformadores que nos ayuden a asumir una nueva manera de vivir personal y socialmente de manera digna, justa y transparente.

Al referirme a estos procesos educativos los coloco más allá de la escuela, es ante todo una acción ciudadana de educación permanente y a lo largo de la vida, que tenga como fundamentos propuestas del pensamiento crítico, transformador como la educación popular, para acompañar procesos de trasformación política, social, económica, cultural, ambiental.

Nuestras educaciones deben apostar desde la perspectiva política a romper con un orden imperante que nos enajena como seres humanos, teniendo la capacidad de enfrentar las bases capitalistas, racistas patriarcales de los sistemas que hoy causan una gran desigualdad.

La apuesta es, por una educación que nos permita pensar por nosotros mismos, desarrollar nuestras identidades, nuestras capacidades de analizar, criticar, proponer, enfrentando educaciones bancarias que nos inmovilizan como personas y grupos.

Es importante el desarrollo de procesos de educación ciudadana, de nuevas relaciones humanas que estén centradas en el afecto, el aprecio y cuidado por los otros, valorado la diferencia, así como apostar por el valor de la solidaridad, y la acción organizada en defensa del bien común.

La capacidad de imaginar y de crear nuevos espacios y relaciones entre los seres humanos en el hogar, la comunidad, el trabajo, el país, la región, y la capacidad de suscitar una disposición vital solidaria con el entorno social y medioambiental como afirmación cotidiana, generando una cultura y una ética del cuidado, de que el otro me importa.

En nuestro país tenemos poderosos ejemplos de una reserva moral, ética, que ha sabido luchar por la democracia, contra las violencias, contra los atropellos congresales, políticos, contra la corrupción, los jóvenes son esa gran resera moral, este mismo CONADES es una valiosa oportunidad para ello.

Es esta acción solidaria, organizada que debemos mantenerla viva para la lucha contra la corrupción, en un horizonte de esperanza de configurar una sociedad más democrática y justa, y como afirma la CONADES, ”Por el Perú que nos merecemos”.

[1] Joseph S. Nye, Jr. is the University Distinguished Service Professor at Harvard, and his latest book is titled, “Is the American Century Over?”

[2] http://www.expreso.com.pe/opinion/carlos-bruce/la-corrupcion-no-nos-puede-vencer-carlos-bruce/

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